La Champions de lo imposible, una epopeya que lleva al Real Madrid a París

Dos goles de Rodrygo, clave en el torneo, en los minutos 90 y 91 fuerzan la prórroga en la que Benzema, de penalti, elimina al City de Guardiola. Los de Ancelotti jugarán la final ante el Liverpool

Benzema celebra el tercer gol del Real Madrid.

El juego no explica las cosas que suceden en el Bernabéu. Por eso Pep Guardiola miraba al suelo, movía la cabeza, se rascaba, como un profesor chiflado. Lo hacía ya antes del partido. Algo presentía. Era el miedo de quien tanto conoce al Madrid. Lo sabe todo de su enemigo menos lo que no se puede saber, lo que no se ve, no se cuenta. Se vive, se siente. Quienes estuvieron en el Bernabéu podrán contarlo. Pase lo que pase en París, el camino de esta Champions es ya una epopeya en blanco. Primero ante el PSG de Mbappé, después frente al Chelsea del oligarca Abramovich. Finalmente, contra el Manchester City, el ‘club-estado’ de Guardiola, el hombre que más había vencido en el Bernabéu, anticristo del madridismo cuya ciencia devoró Rodrygo, ese monstruo de la épica con cara de niño, en menos de dos minutos. Dos minutos de vida para citar al Madrid con su ‘jour de gloire’ en París.

Dos goles abajo en el minuto 90 son la muerte cerebral. No si quien el paciente es el Madrid. Al primer centro llegó Rodrygo. Al segundo, inmediatamente después, también. Primero en la anticipación gracias a la visión de Benzema. Después, para citarse con el centro de un titán, Carvajal. El City perdía de ese modo su ventaja del Etihad y la del gol de Mahrez con el que se había adelantado. Para entonces, ni Kroos ni Modric ni Casemiro estaban en el césped. Era igual. Cualquier camiseta blanca se comportaba del mismo modo. Camavinga parece nacido de sus entrañas. El Madrid se había sujetado del mástil de Courtois cuando Benzema, ya en la prórroga, fue derribado en el área y se citó en los 11 metros. El tercer gol iluminó la Torre Eiffel. En la resistencia que reclamó al inédito Vallejo, ya no se apagó. El día 28, ante el Liverpool, alumbrará a dos equipos mágicos para reproducir la final de Kiev, la de la decimotercera. Espera la decimocuarta.

EL MIEDO AL CAOS

Al City le convenía el control y al Madrid, el lío, el caos. Cuando Guardiola teoriza sobre el fútbol suele referirse a la teoría del caos. También Juanma Lillo, su segundo. No hay antídoto, es su conclusión. El Madrid lo necesitaba porque no puede igualar el juego del City, ni lo pretende, y porque nada como el caos activa las emociones. Es un equipo de fútbol tan excepcional como su rival, y con mejores individualidades en varios puestos, como el portero y el ‘nueve’, pero no compite en la misma frecuencia. Quiere dominar los instantes mientras Guardiola quiere que esos instantes desaparezcan por la continuidad de los suyos. Se le escaparon dos. Lo mataron.

La tensión del partido, electrificado el Bernabéu, perjudicaba al City, pero poco a poco consiguió el nivel de posesión suficiente, aunque sin alcanzar el rendimiento del Etihad, movido por los hilos de Bernardo Silva, para que su rival no se le viniera encima como un alud, ese alud blanco cuyo crepitar empieza en las laderas del estadio. Cuando lo hizo, fue incontenible.

Tuvo el City ocasiones suficientes para haberse adelantado, pero siempre respondió Courtois, ante Bernardo Silva, Gabriel Jesus o Foden. Era suficiente caudal para un gol, pero no un caudal imparable. Las respuestas del Madrid llegaban, en cambio, por arranques de Vinicius o conexiones con Benzema, pero poco limpias. Ederson no tuvo que detener ningún balón comprometido en el primer tiempo, pero había algo en el aire, ‘something in the air’, cuando pisaban el área los de Ancelotti.

LOS LATERALES DEL CITY

De esa forma consiguió aferrarse a la vida en el Etihad, aunque frente a un City más dominador y, sobre todo, certero. En algo, no obstante, mejoraba el conjunto de Manchester, al recuperar Guardiola a sus dos laterales titulares, Cancelo y Walker. El segundo no fue Fernandinho, varado en los medios mientras Vinicius volaba. En el Bernabéu, llegó para detenerlo, al límite de la falta y con alto riesgo, pero también con seguridad. Con cuerpo de corredor de 400, eso sí es un atleta, como diría Guardiola. No aguantó hasta el final. Los suyos lo notaron.

Dos saques de centro dijeron dos verdades del partido. La que abrió el choque, del City, directa a su portero. Quería decir miedo, precaución. La que inició la segunda mitad, después de un primer periodo en tablas, provocó la primera ocasión de verdad de los locales: Modric giró, Kroos lanzó, Benzema corrió y Vinicius, solo, falló. Quería decir necesidad, desesperación.

La acción fue como un toque de corneta que llevó al Madrid donde quería, a sus mejores minutos, mientras el City buscaba el agua fría en los pies de Bernardo Silva, con el don de la ubicuidad. El agua caliente no había llegado a los pies de De Bruyne todo lo que Guardiola habría deseado. Dejó el campo. Mahrez interpretó su papel con un gol de bandera y el Madrid perdía a Modric, Kroos y Casemiro. No importa. Lo que sucede en este estadio no lo explican los nombres, no lo explica nadie. Es la Champions de lo imposible, la epopeya del Madrid.

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